Sus manos se aferraban a bolsas de plástico.
Por un momento, Tomas pensó que quizá dejaría las maletas y le contaría todo.
En cambio, miró por encima del hombro hacia la calle, como si la explicación estuviera justo ahí y necesitara asegurarse de que no entrara.
“Por favor”, dijo. “Solo carne.”
Le entregó la carne.
Cuando se fue, la ansiedad seguía ahí.
Estaba atascado en el serrín bajo la encimera y en la campanita sobre la puerta. Tomas se repetía a sí mismo que no era asunto suyo. Se repetía a sí mismo que las mujeres mayores tienen derecho a sus dones.
Pero también sabía que la gente no barre la calle así, a menos que estén ocultando algo terrible—o intentando esconderse de algo terrible.
Por la tarde, la historia había empezado a cobrar vida propia.
Alguien dijo que vende carne al otro lado del río.
Alguien afirmó que estaba reteniendo a un hombre en casa.
Alguien más dijo que el olor en Binder Lane había cambiado.
Esa última frase se quedó grabada en Tomás.
La noche anterior, caminaba hacia casa por allí y olía, apenas perceptible, a un olor agrio que no combinaba con la cocina normal.
Dormía mal.
A la mañana siguiente, vio a Lydia llegar de nuevo.
