Mauricio no aceptó el divorcio fácilmente.
Primero mandó flores.
Después mensajes.
Luego comenzó a llamar desde números desconocidos.
“Todo puede volver a ser como antes.”
“Te perdono.”
“Estás confundida.”
“Ese hombre solo quiere aprovecharse de ti.”
Mariana bloqueó cada número.
Cuando Mauricio comprendió que las amenazas no funcionaban, cambió de estrategia.
Prometió viajes.
Prometió hijos.
Incluso prometió terapia matrimonial.
Mariana entendió entonces hasta qué punto él había confiado en que ella jamás tendría el valor de marcharse.
No quería recuperarla porque hubiera descubierto que la amaba.
Quería recuperarla porque no soportaba perder el control.
Presentó formalmente la solicitud de divorcio.
Mauricio recibió los documentos sin verla.
Por primera vez desde que se conocieron, Mariana tomó una decisión importante sin pedir permiso.
Llegó septiembre.
Las lluvias comenzaron temprano.
Una tarde Nicolás sufrió el peor ataque desde que Mariana vivía allí.
Ella lo encontró apoyado contra una pared.
Tenía el rostro cubierto de sudor.
—Nicolás.
—No te acerques. Se me va a pasar.
—Claro que me voy a acercar.
Preparó su medicamento y lo ayudó a recostarse.
Esta vez el efecto tardó.
Nicolás apretaba los dientes para no gritar.
Mariana se sentó junto a él y le sostuvo la mano.
—Mírame.
—Mariana…
—Mírame.
Él abrió los ojos.
—No estás solo.
Aquellas tres palabras derrumbaron algo dentro de Nicolás.
Durante años había convertido la soledad en una especie de orgullo.
No necesitaba ayuda.
No necesitaba familia.
No necesitaba a nadie.
Pero aquella noche, con la mano de Mariana entre las suyas, comprendió que había confundido fortaleza con aislamiento.
Cuando finalmente se durmió, Mariana permaneció allí.
Horas después despertó con la cabeza apoyada junto al hombro de Nicolás.
Él también estaba despierto.
Ninguno se apartó inmediatamente.
—Gracias —susurró él.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Mariana levantó la mirada.
—Entonces prométeme algo.
—¿Qué?
—Que vas a reconsiderar la operación.
Nicolás respiró lentamente.
—Lo pensaré.
—No. Promételo.
Él sonrió.
—Está bien. Lo prometo.
El último mes pasó demasiado rápido.
Mariana había llegado contando los días que faltaban para terminar.
Ahora evitaba mirar el calendario.
La víspera de su último día, Nicolás la invitó a cenar.
No eligió un lugar ostentoso.
Encontró un pequeño restaurante con terraza en Barrio Antiguo.
Cuando Mariana llegó, vio sobre la mesa un ramo de flores.
—¿Qué celebramos?
—Que sobreviví tres meses a tu obsesión por abrir todas las ventanas.
Ella rio.
Durante la cena hablaron de cualquier cosa excepto de la despedida.
Finalmente Nicolás dejó los cubiertos.
—Mariana.
Ella supo que había llegado el momento.
—No sé decir estas cosas.
—Eso ya lo había notado.
—Gracias por facilitarme el trabajo.
Los dos sonrieron.
Nicolás respiró hondo.
—Mañana termina tu contrato.
—Sí.
—Y no quiero ofrecerte otro.
Mariana sintió que el pecho se le cerraba.
—Entiendo.
—No, no entiendes.
Nicolás tomó su mano.
—No quiero que vuelvas a trabajar para mí.
Ella lo miró.
—Quiero que algún día, si tú decides que quieres hacerlo, regreses a esa casa como mi compañera.
Mariana no habló.
—Sé que todavía estás resolviendo tu divorcio. Sé que vienes de años complicados. No quiero presionarte. No quiero que cambies una dependencia por otra. Solo necesito que sepas que me enamoré de ti.
Los ojos de Mariana se llenaron de lágrimas.
Pero sonrió.
—Yo también siento algo muy fuerte por ti.
Nicolás apretó suavemente sus dedos.
—Entonces quédate.
Mariana negó despacio.
—Todavía no.
Él bajó la mirada.
—Necesito terminar mi matrimonio. Necesito volver un tiempo con mis padres. Necesito descubrir quién soy cuando no estoy cuidando la vida de otro hombre.
Nicolás asintió.
Le dolía, pero lo entendía.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—Esperaré.
—No quiero pedirte eso.
—No me lo estás pidiendo.
Antes de despedirse, Nicolás besó suavemente su frente.
—Solo vuelve cuando estés segura de que vuelves porque quieres, no porque necesitas un lugar donde refugiarte.
Aquella frase terminó de convencer a Mariana de que marcharse era lo correcto.
Y también de que algún día quería regresar.
La casa de sus padres adoptivos seguía igual.
Su habitación conservaba algunos libros universitarios y fotografías antiguas.
Durante las siguientes semanas Mariana hizo algo que no había hecho desde que tenía veinte años:
pensar únicamente en sí misma.
Terminó los trámites del divorcio.
Buscó opciones de trabajo.
Actualizó su currículum.
Y recibió una llamada de Lucía.
—Tenemos los resultados del concurso.
Mariana cerró los ojos.
—¿Y?
—Ganaste.
El premio era incluso mayor de lo esperado.
Varios patrocinadores habían aumentado la cantidad.
También incluía un viaje en crucero.
Lucía esperaba escuchar gritos de emoción.
Mariana solo preguntó:
—¿Cuándo puedo disponer del dinero?
—En cuanto firmes.
—Necesito que me ayudes con algo.
Dos días después Mariana estaba sentada frente a Daniel.
Él conocía personas relacionadas con la antigua institución donde Nicolás había trabajado.
Mariana puso una carpeta sobre la mesa.
—Quiero pagar su operación.
Daniel la miró como si no hubiera entendido.
—¿Con el premio?
—Con todo lo que sea necesario.
—Mariana, es muchísimo dinero.
—¿Y para qué quiero ese dinero si la persona que amo puede terminar viviendo con dolor toda su vida?
—Nicolás jamás aceptaría.
—Por eso no va a saberlo.
Daniel se quedó callado.
—Haz que parezca apoyo institucional, un fondo especial, cualquier mecanismo legal que puedan usar. Pero mi nombre no debe aparecer frente a él.
—¿Y tu viaje?
—Cancélalo.
—También vale bastante.
—Entonces conviértanlo en dinero.
Daniel la observó durante varios segundos.
—¿Estás segura?
Mariana sonrió.
—Nunca he estado más segura de algo.
Nicolás recibió la llamada semanas después.
Le informaron que su caso médico había sido revisado y que existía un programa capaz de cubrir la cirugía y la rehabilitación.
Sospechó inmediatamente.
Llamó a Daniel.
—¿Tú hiciste algo?
—No.
—¿Lucía?
—Tampoco.
—Esto es rarísimo.
—Acepta una buena noticia alguna vez en tu vida.
Después de consultar con varios especialistas, Nicolás decidió operarse.
Mariana se enteró a través de Lucía.
No regresó inmediatamente.
Había prometido que no volvería hasta cerrar definitivamente su vida anterior.
El día que recibió su sentencia de divorcio salió del edificio con una carpeta bajo el brazo.
Mauricio estaba esperándola.
—Así que ya lo conseguiste.
—Sí.
Él parecía envejecido.
—¿Estás feliz?
Mariana pensó unos segundos.
—Estoy en paz.
—Ese hombre te va a abandonar.
—Tal vez.
Mauricio frunció el ceño, sorprendido.
—¿Y eso no te preocupa?
—No.
Mariana lo miró con serenidad.
—Porque si algún día Nicolás se va, yo seguiré siendo Mariana. Eso fue lo que tú nunca quisiste entender. Yo existo aunque no sea tu esposa.
Mauricio no encontró respuesta.
Ella se marchó.
Y esa fue la última conversación importante que tuvieron.
La operación de Nicolás duró varias horas.
Mariana esperó en el hospital junto a Lucía y Daniel.
Nicolás todavía no sabía que ella estaba allí.
Cuando el médico salió, todos se levantaron.
—La cirugía salió bien.
Mariana comenzó a llorar.
No de tristeza.
De alivio.
Las siguientes semanas serían fundamentales, pero los primeros resultados eran positivos.
Dos días después Nicolás abrió los ojos y la vio entrar en su habitación.
—Pensé que necesitabas tiempo —murmuró.
—Ya lo tuve.
—¿Y?
Mariana se acercó.
—Estoy divorciada.
Nicolás intentó incorporarse.
—Eso definitivamente merece que me siente.
—Ni se te ocurra.
Él rio y después hizo una mueca.
—Todavía duele.
—Pero será diferente.
Nicolás tomó su mano.
—¿Has vuelto porque quieres estar conmigo?
Mariana respondió sin dudar.
