—¿Y eso qué significa? —preguntó Mauricio.
—Que pasaré a la etapa final.
Una de las invitadas se inclinó hacia adelante.
—¿Qué etapa?
—Tres meses trabajando en casa de una persona seleccionada por la agencia. Si recibo una evaluación sobresaliente, ganaré un premio de varios millones de pesos aportado por patrocinadores y un viaje.
La expresión de Mauricio cambió.
—¿Tres meses?
—Sí.
—¿Viviendo en otra casa?
—Así es.
Él dejó las pinzas sobre el asador.
—No vas a ir.
Mariana lo miró directamente por primera vez en mucho tiempo.
—El contrato ya está firmado.
La tensión fue tan evidente que varios invitados comenzaron a despedirse minutos después.
Aquella noche, Mauricio esperaba encontrar a Mariana arrepentida.
En cambio, encontró la habitación principal vacía.
Ella había llevado sus cosas al cuarto de huéspedes.
Dos semanas después recibió la dirección donde realizaría la prueba.
El dueño se llamaba Nicolás Cárdenas, tenía treinta y ocho años, vivía solo en una casa discreta al sur de Monterrey y trabajaba como instructor especializado después de haber quedado gravemente herido durante una misión de seguridad años atrás.
Mauricio investigó el nombre.
Cuando terminó de leer lo poco que encontró, no volvió a decirle que no podía ir.
Solo pensó que Mariana regresaría humillada y entonces él le enseñaría quién mandaba realmente en su matrimonio.
Pero cuando la vio subir su maleta al automóvil de la agencia, sintió por primera vez que algo estaba escapando de sus manos.
Y Mariana, mientras se alejaba de aquella mansión, tampoco podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Nicolás Cárdenas abrió la puerta y observó a Mariana como si la agencia acabara de entregarle un problema que nunca había solicitado.
—Me dijeron que necesitaba ayuda —explicó ella.
—Mis amigos dijeron que necesito ayuda. Yo nunca dije eso.
Lucía, propietaria de la agencia y amiga de Nicolás, intervino antes de que él pudiera protestar.
—Tres meses, Nicolás. Forma parte del concurso. Compórtate.
Nicolás suspiró y dejó pasar a Mariana.
No era grosero. Simplemente estaba acostumbrado a vivir solo.
Después de una lesión grave en la espalda había abandonado el trabajo operativo que realizaba años atrás y ahora impartía cursos de capacitación. Desde entonces convirtió su casa en una fortaleza silenciosa.
Su alimentación era sencilla, su ropa se acumulaba demasiado tiempo antes de llegar a la lavadora y consideraba perfectamente aceptable cenar huevos tres noches seguidas.
La primera tarde salió sin darle instrucciones.
—Hay comida en el refrigerador. Prepare lo que quiera.
Cuando volvió encontró las ventanas abiertas, la casa ventilada y un aroma a lomo de cerdo con champiñones que le despertó un hambre brutal.
—¿Qué hizo aquí?
Mariana sonrió.
—Mi trabajo.
A la mañana siguiente encontró ropa perfectamente ordenada, café recién hecho y chilaquiles verdes sobre la mesa.
El tercer día apareció sopa de tortilla.
El cuarto, enchiladas.
Nicolás decidió que aquello debía considerarse algún tipo de ataque psicológico.
Lo peor era que Mariana no resultaba invasiva.
No hacía preguntas personales.
No revisaba nada que no tuviera relación con sus tareas.
No intentaba agradarle.
Simplemente trabajaba.
Una semana después, mientras Mariana preparaba café, escuchó un golpe en el estudio.
Encontró a Nicolás encorvado junto al escritorio, respirando con dificultad.
—¿Qué tiene?
—Nada.
—Eso claramente no es nada.
Él intentó levantarse y casi cayó.
Mariana vio un pequeño botiquín.
—¿Tiene medicamento para estos ataques?
Nicolás señaló una caja.
Ella había aprendido a aplicar inyecciones cuidando a su madre adoptiva durante una enfermedad años atrás. Preparó el medicamento siguiendo las indicaciones escritas y permaneció cerca hasta que el dolor comenzó a ceder.
No hizo preguntas.
Solo colocó una almohada bajo su espalda.
—Descanse. Yo me quedo aquí.
Aquella frase cambió algo entre ellos.
Nicolás llevaba años enfrentando esos ataques solo.
Por primera vez alguien había presenciado su momento más vulnerable sin mirarlo con lástima.
Mientras tanto, Mauricio estaba en Cancún acompañado de una mujer con la que llevaba meses manteniendo una relación.
Mariana lo descubrió de la manera más sencilla.
Lo llamó.
Escuchó música, risas y el mar.
—¿Dónde estás?
Mauricio ni siquiera intentó mentir.
—Tomándome unas vacaciones. Tú elegiste jugar a la sirvienta en casa ajena.
Mariana colgó.
Aquella noche comprendió algo que llevaba años evitando admitir:
no extrañaba su casa.
No extrañaba a su marido.
Por primera vez se sentía libre.
Tres días después llamó a Mauricio.
—Cuando regreses, tenemos que hablar del divorcio.
Mauricio volvió inmediatamente.
Apareció una mañana frente a la casa de Nicolás.
Mariana salió al jardín para evitar una escena.
—Recoge tus cosas —ordenó él—. Nos vamos.
—Yo no voy a volver.
—Deja de actuar como adolescente.
—Quiero divorciarme.
Mauricio se quedó inmóvil.
—¿Por este hombre?
—Por mí.
Esa respuesta lo enfureció aún más.
—Antes de conocerme no tenías nada.
—Tal vez. Pero tenía dignidad.
Mauricio levantó la mano y le dio una bofetada.
El sonido llegó hasta el interior de la casa.
Segundos después Nicolás apareció.
No golpeó a Mauricio. No necesitó hacerlo.
Se colocó entre ambos y señaló la salida.
—Fuera de mi propiedad.
—Es mi esposa.
—Y acaba de decirle que quiere divorciarse.
Mauricio miró a Mariana.
—Te vas a arrepentir.
Nicolás dio un paso hacia él.
—Si vuelve a tocarla, el problema ya no será matrimonial.
Mauricio se marchó furioso.
Mariana esperaba sentirse destruida.
En cambio, sintió una claridad extraña.
Ya no había vuelta atrás.
Esa noche Nicolás encontró a Mariana sentada sola en la cocina.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Por primera vez en muchos años, creo que sí.
Nicolás quiso decir algo más, pero se detuvo.
Porque también acababa de descubrir una verdad que le daba mucho más miedo que cualquier enemigo al que hubiera enfrentado en su antigua profesión.
Se estaba enamorando de una mujer casada.
Y todavía faltaban casi dos meses para que terminara el concurso.
Ninguno de los dos imaginaba que el verdadero secreto de aquella casa todavía no había salido a la luz…
PARTE 3
Después de la visita de Mauricio, Nicolás cambió.
Mariana lo notó inmediatamente.
Seguía siendo respetuoso, pero comenzó a mantener distancia.
Antes desayunaba con ella.
Ahora tomaba café rápidamente y se encerraba en su estudio.
Antes intercambiaban comentarios durante la cena.
Ahora comía en silencio.
Mariana llegó a pensar que había causado demasiados problemas.
Una noche tocó la puerta del estudio.
—Nicolás.
—Pasa.
—Si mi situación personal te incomoda, puedo pedirle a la agencia que me cambie de casa.
Él levantó la mirada.
—¿Quieres irte?
La pregunta salió demasiado rápido.
—No.
—Entonces quédate.
—Pero siento que desde lo de Mauricio…
Nicolás se puso de pie.
—No eres tú.
Guardó silencio unos segundos.
—Soy yo intentando no convertirme en otro hombre que decide por ti.
Mariana frunció el ceño.
—No entiendo.
—Estás saliendo de un matrimonio donde alguien controlaba tu vida. Lo último que necesitas es otro hombre diciéndote qué hacer.
Aquellas palabras la dejaron sin respuesta.
Mauricio jamás se había preocupado por lo que ella necesitaba.
Nicolás, en cambio, se alejaba precisamente porque no quería aprovecharse de su vulnerabilidad.
Desde ese momento comenzaron a hablar más.
No como patrón y trabajadora.
Como dos personas que, sin esperarlo, habían encontrado refugio en la misma casa.
Nicolás le contó sobre su lesión.
Años atrás había sufrido un accidente durante una operación. Las heridas cicatrizaron, pero algunos nervios de la espalda quedaron dañados.
Los ataques podían aparecer sin aviso.
—Existe una cirugía —explicó—. Podría resolverlo.
—¿Entonces por qué no te operas?
Él sonrió.
—Porque también podría empeorar las cosas.
—¿Qué tan grave?
—Los médicos hablan de probabilidades. Buenas posibilidades de mejorar… pero también existe riesgo de quedar con movilidad muy reducida.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
—¿Y el dinero?
—También es un problema.
La intervención, especialistas y rehabilitación costaban una fortuna.
—¿Tu trabajo no puede ayudarte?
—Nunca informé la gravedad real de mi condición. No quería convertirme en una carga.
Mariana se enojó.
—Eso es absurdo.
—Probablemente.
—¿Cuánto cuesta?
Nicolás rio.
—No empieces.
—Solo pregunté.
—Y yo sé esa mirada. Estás planeando algo.
Mariana cambió de tema.
Pero no olvidó la cifra.
Las semanas siguientes fueron extrañamente felices.
Mariana descubrió que Nicolás sabía contar historias divertidísimas cuando olvidaba comportarse como hombre serio.
Él descubrió que Mariana cantaba mientras cocinaba cuando creía que nadie la escuchaba.
Los domingos caminaban por un parque cercano.
A veces Lucía y su esposo, Daniel, los invitaban a comer con sus tres hijos.
Mariana adoraba a los niños.
Una tarde terminó jugando futbol con ellos durante casi una hora.
Nicolás la observaba desde una mesa.
Daniel le dio un codazo.
—Estás perdido.
—¿De qué hablas?
—Miras a esa mujer como si hubieras encontrado agua después de atravesar el desierto.
Nicolás tomó su cerveza.
—Sigue casada.
—Está separándose.
—Sigue casada.
—Entonces espera.
Nicolás miró otra vez hacia el jardín.
Eso haría.
Esperaría.
