Lidia no pudo llevarlos al refugio.
No podía permitirse una furgoneta.
Ni siquiera pudo recoger algunos.
Solo había una cosa que podía hacer—la única que estaba en la escala de su vida—alimentarles.
Así que lo hizo.
Cada mañana.
Sesenta kilogramos, porque sesenta kilogramos divididos entre tantos bozales seguían sin ser suficientes.
Y, sin embargo, era todo lo que podía permitirse.
Compró la carne de vacuno más barata que Tomás le vendía, y caminó por la ruta de servicio, mirando cada puerta, porque los hombres que llenaban ese almacén seguían en la misma ciudad.
Seguían comprando cigarrillos.
Aún podían ver que los animales que habían abandonado dejaron de morir como estaban planeados.
Cocinaba lo que podía en una olla astillada que guardaba detrás de un almacén.
Deslizó la carne entre las varas con un palo para que los animales desesperados no le agarraran las manos.
Y ella habló con ellos.
No era un método.
Ese no era el plan.
Así es simplemente como se comporta un hombre cuando el silencio ya se ha usado como arma contra los vivos.
