La mañana en que Lucas mostró a su maestra las marcas rojas en las muñecas, nadie imaginaba lo que había detrás. El niño, de apenas siete años, dijo con voz tranquila que su abuela le ataba las manos todas las noches. La señora Carter, su docente, no dudó en avisar a los servicios sociales. Horas después, una trabajadora social y dos agentes de policía se presentaron en la casa de Margaret, la abuela de Lucas.
Una escena que nadie esperaba
Cuando los oficiales entraron al dormitorio, encontraron al niño con los ojos abiertos, pero con la mirada perdida. No reaccionaba a las voces ni a los llamados. De pronto, giró la cabeza hacia la ventana abierta y comenzó a forcejear.
—Tengo que ir con mamá —repetía sin cesar.
Margaret, con el rostro pálido, rompió en llanto y explicó lo que ocurría:
—Lucas es sonámbulo. Por eso le ato las manos. No para castigarlo. Para detenerlo.
La habitación estaba en un segundo piso. Bajo la ventana no había balcón, techo ni árbol: solo una caída de casi seis metros hacia un patio empedrado. Uno de los policías ordenó cerrar la ventana de inmediato. Margaret aflojó con delicadeza las suaves cintas de tela que sujetaban las manos del niño y comenzó a acariciarle el cabello.
Poco a poco, Lucas parpadeó. Su mirada se aclaró. Al ver a los policías, se asustó y preguntó por qué había extraños en su cuarto. No recordaba absolutamente nada.
La historia detrás de las cintas
En la sala, Margaret contó toda la verdad. Los episodios habían comenzado unos dos meses después de la muerte de los padres de Lucas. La primera vez lo encontró parado al borde de la escalera, todavía dormido. Luego intentó abrir la puerta principal. La tercera vez fue la más aterradora: a las tres de la mañana lo halló en el dormitorio de sus padres, con la ventana abierta y una pierna ya sobre el marco.
—Decía que su mamá lo llamaba desde afuera —relató con la voz quebrada.
