Esa primavera, las invitaciones para el baile de graduación empezaron a llegar a los buzones de otras chicas. Vi las fotos que sus madres publicaban en internet, hijas con vestidos pálidos sosteniendo flores.
He llamado a la puerta de Hazel.
“Cariño. El baile de graduación es en tres semanas.”
“No voy, mamá.”
“Mason quería que fueras.”
Permaneció en silencio durante un buen rato. Entonces la cama crujió, pasos cruzaron la habitación y la puerta se abrió un centímetro.
“Mason quería muchas cosas.”
“Quería que llevaras un vestido, bailando y riendo”, dije. “Me lo dijo.”
“Mamá.”
“Solo pruébate uno. Un vestido. Si lo odias, nos vamos y no volvemos a mencionarlo. ¿Trato hecho?”
Me miró a través de esa rendija estrecha en la puerta, y vi algo moverse detrás de sus ojos que no había visto en meses. No exactamente esperanza. Quizá por curiosidad. Un pequeño permiso.
“Un vestido”, dijo.
El sábado siguiente, conduje hasta el centro comercial con ambas manos apretadas al volante y un nudo peligroso en el pecho. Esperanza. Después de un año de vacío, me atreví a sentirlo de nuevo.
Debería haberlo sabido.
Las tres primeras boutiques usaban un lenguaje más suave. “Inventario limitado.” “Solo tamaños de muestra.” “Podríamos pedir algo especial, pero no a tiempo.” Pero el significado era obvio: pensaban que era demasiado grande para sus vestidos.
