PARTE 1
—Mi esposa no es una esposa, es la mejor empleada doméstica que he tenido… y lo mejor es que ni siquiera tengo que pagarle.
Las carcajadas de algunos invitados se apagaron casi de inmediato.
En el jardín de su enorme casa en San Pedro Garza García, Mauricio Salazar sostenía unas pinzas frente al asador mientras esperaba que alguien celebrara su “broma”. Había organizado una carne asada por su cumpleaños y, como siempre, se sentía el hombre más importante de la reunión.
A sus cuarenta y siete años, Mauricio vivía rodeado de lujos heredados de su padre: terrenos, inversiones, propiedades y contactos. Le encantaba decir que todo era fruto de su inteligencia, aunque quienes lo conocían bien sabían que había recibido la vida prácticamente resuelta.
Su segunda esposa, Mariana, tenía treinta años.
Era tranquila, educada y discreta. Había crecido con pocos recursos en Querétaro. Su madre biológica murió cuando ella era adolescente y una pareja amiga de la familia terminó haciéndose cargo de ella. Estudió Contabilidad, pero empezó a trabajar muy joven y, después de casarse con Mauricio, dejó de buscar empleo porque él insistía en que “una esposa decente debía cuidar su casa”.
Durante los primeros meses, Mariana creyó que aquello era amor.
Después entendió que Mauricio no quería una compañera.
Quería comodidad.
Ella cocinaba, organizaba reuniones, planchaba sus camisas, elegía sus corbatas, mantenía la casa impecable y recibía a sus invitados con una sonrisa. Mauricio, en cambio, desaparecía durante días con el pretexto de atender negocios.
También había dejado claro que no quería más hijos.
—Ya tengo dos de mi primer matrimonio. No necesito empezar de nuevo.
Mariana soñaba con ser madre, pero aprendió a guardar silencio.
Hasta aquella tarde.
Después de escuchar que su propio esposo la llamaba empleada gratuita delante de quince personas, dejó tranquilamente el cuchillo con el que cortaba cebolla.
No lloró.
No discutió.
Se quitó el delantal, metió una mano en el bolsillo y sacó una hoja doblada.
—Qué coincidencia que digas eso, Mauricio. Precisamente tengo una noticia sobre mi talento como “empleada”.
Él sonrió, creyendo que ella seguiría el juego.
—A ver, sorpréndenos.
Mariana desplegó el documento.
—Hace unas semanas participé en un concurso organizado por una agencia nacional de personal doméstico. Había cien casos prácticos sobre administración del hogar, cocina, organización, emergencias y cuidado de personas. Quedé en primer lugar.
Nadie se rio.
