Pasta fresca.
Verduras asadas.
Pan.
Y además de todo lo demás…
Otra porción de tiramisú.
Mamá se tapó la cara.
“Alaric.”
“¿Qué?”
“Ya he comido postre.”
Él le puso el plato delante y sonrió.
“Quizá no te saltes el postre esta vez.”
Todo el restaurante estalló en carcajadas.
Mamá también se rió.
No la risa nerviosa que había aprendido a usar cuando se sentía incómoda.
No una risa educada diseñada para hacer sentir mejor a los demás.
Se rió hasta que las lágrimas rodaron por su rostro.
Luego cogió el tenedor.
Dio otro bocado al tiramisú, cerró los ojos y sonrió.
De camino a casa, se quedó callada varios minutos.
Finalmente, me miró.
“¿Daphne?”
“¿Sí?”
“Lo que dije antes era en serio.”
“¿Qué?”
Miró por la ventana.
“Quizá debería salir más a menudo.”
Esta vez, no fingí que las palabras no lo significaban todo para mí.
“Me encantaría.”
Mamá sonrió.
“Yo también.”
