A las 8:17, alguien golpeó la puerta principal con tanta fuerza que hizo sacudir las fotos familiares enmarcadas en el pasillo.
La cara de Lila cambió primero.
Papá miró hacia la puerta. “¿Quién es ese?”
Los golpes volvieron a llegar.
“¡Abre la puerta, Mara!” La voz del profesor Shaw retumbó desde fuera.
Mamá se puso pálida.
Me levanté despacio.
Lila se puso delante de mí. “¿Le llamaste?”
“Me falta el móvil.”
Sus ojos se dirigieron hacia el bolsillo de su túnica.
Ese movimiento le contó todo al profesor Shaw cuando papá abrió la puerta.
No estaba solo.
A su lado estaban la doctora Evelyn Mercer, presidenta del comité de integridad, una agente de seguridad universitaria y la detective Renata Cole de la unidad de ciberdelitos.
Lila se rió.
“Esto es ridículo.”
La profesora Shaw miró más allá de ella y vio las gafas rotas en la encimera.
Su expresión se endureció.
“¿Dónde está el móvil de Mara?”
Nadie respondió.
La detective Cole no alzó la voz. “Esta mañana se intentó acceder a un repositorio universitario usando las credenciales del Dr. Voss desde esta dirección.”
La sonrisa de Lila desapareció.
Aún no era el Dr. Voss, pero entendía por qué Cole usaba ese título. Dejaba claro de quién era el trabajo que importaba.
Papá se recuperó primero. “Debe haber algún error.”
“Ha habido varios”, dijo el Dr. Mercer. “Incluyendo un intento de transferencia de datos confidenciales de la tesis a una cuenta vinculada a la señorita Lila Voss.”
Mi madre agarró la encimera.
Lila me miró fijamente. “Me tendiste una trampa.”
“No.”
“Lo sabías.”
“Lo sospechaba.”
Se lanzó hacia el rollo de cinta como si de repente necesitara algo que hacer con las manos.
El profesor Shaw se acercó. “Mara, ¿ves lo suficientemente bien para viajar?”
“No de forma segura.”
Asintió al agente de seguridad, que me entregó una funda dura de gafas.
Dentro estaba mi par de repuesto.
Lila parecía atónita.
Me los pongo.
